La Casa de los Allende

Calle Alvear: portal de los Allende.
Córdoba ciudad. República Argentina.

(Aporte de Sergio Yonahara)

La Casa de los Allende
Por Santiago A. Sosa Gallardo, Córdoba 1964.

En cierta oportunidad dijo un escritor local que Paz había sufrido los penosos efectos de ¡tres boleadoras!... La primera, la ya conocida en “El Tío”; la segunda, cuando sus comprovincianos siguieron llamando “Calle Ancha” a la Avenida Gral. Paz y, la tercera, cuando llamaron por mucho tiempo “Plaza del Caballo” a la plaza que recuerda al ilustre “Manco”, cuya estatua ecuestre –una de las más hermosas de América- fue cincelada por Alejandro José Falgiére.
Sea lo que fuere de ello lo cierto es que, mirada las cosas de la misma manera, los cordobeses pudieron llamar: “La Casa de las llaves” a la mansión colonial que, desde hace unos dos siglos, se levanta en la primera cuadra de la actual calle Alvear. Y se pudo admitir objetivamente tal nombre por las grandes llaves de latón que penden de su fachada, anunciando los negocios del ramo que se encuentran allí instalados desde hace muchos años. Sin embargo, la antigua residencia siempre fue conocida por el nombre de sus dueños, es decir, La Casa de los Allende.

Monumento Histórico Nacional.

En atención a su antigüedad, a sus antecedentes históricos y a sus singulares méritos artísticos, La Casa de los Allende fue declarada monumento histórico el 14 de Mayo de 1941. Se apreciarán mejor tales méritos si recordamos que el decreto respectivo incluía, además, otros notables monumentos de la Córdoba colonial, a saber: la Casa del Virrey Sobremonte, el Cabildo, la Capilla del Obispo Mercadillo, la Catedral, y la Residencia de la Compañía de Jesús y su Iglesia.
Muchas esperanzas se habían cifrado que, soplando mejores vientos, el Estado terminaría por expropiar la casa solariega de los Allende para destinarla como sede de alguna institución cultural o artística de la provincia. Más, acaba de trascender al público la infausta nueva. El inmueble ha sido desafectado del patrimonio histórico nacional. Y pronto se levantará en el viejo solar un edificio moderno, cuyo “cosmopolitismo” técnico y estilístico no es difícil de columbrar.

Carencia de una legislación adecuada.

No cabe duda que nuestra deficiente legislación en esta materia, unida a la incuria oficial y a la inopia de los presupuestos, son factores negativos que han conspirado resueltamente contra una protección más efectiva de nuestros monumentos históricos. Pese a la patriótica labor que cumple la Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos en todos los ámbitos del país, algunos monumentos -como la propia Casa de los Allende- se encuentran al presente en completo estado de abandono. Además hay otros que, sin alcanzar un grado tan alto de destrucción, demandan, sin embargo, una atención más permanente a fin de evitar deterioros parciales o daños que pueden resultar más tarde irreparables.
Como quiera que no se puede esperar todo del Estado, la acción de éste se ha visto favorecida en otros países de nuestra América por la iniciativa de particulares muníficos que han tomado a su cargo la conservación de antiguos inmuebles que, de seguro, se habrían perdido pero que hoy -restaurados de modo irreprochable- se encuentran ocupados por comercios u otros establecimientos en consonancia con su tradición y valor histórico. Merced a esta plausible iniciativa particular, en Puerto Rico, para citar un ejemplo, se ha salvado de la destrucción un buen número de monumentos coloniales de tradicional belleza arquitectónica. (Ver “La Prensa" del 14 de Julio de 1963).

Los Allende en Córdoba

No podemos ocupamos aquí de la genealogía completa de los Allende. Sólo daremos los nombres de los sucesivos propietarios de la finca. En su libro: “Linajes de la Gobernación de Córdoba del Tucumán. Los de Córdoba”, Lazcano Colodrero nos dice que don Lucas de Allende, natural de Cordejuela, España, fue el fundador del linaje de su nombre en Córdoba. Arribó a esta ciudad en 1701 y casó con doña Aguada Losa Bravo Gutiérrez de Niz. De esta unión nacieron varios hijos. Uno de ellos, don José de Allende y Losa, fue quien edificó, según Luis Roberto Altamira, la mansión de la que aquí se hace mérito.
Se recuerda que otro de los dueños de la casa fue don José Norberto de Allende y le sucedió en la propiedad su hijo Juan Martin, que casó con doña Petrona de Goicoechea. Ocuparon también la finca de don Fernando Félix de Allende y otros hermanos cuyos nombres omitimos en obsequio de la brevedad. Don Fernando Félix se graduó en derecho civil en la Universidad de Córdoba en 1848. Fue juez del crimen en Santa Fe y, en Córdoba, rector de la universidad y gobernador de la provincia. Juan Martín de Allende, casado con doña Mercedes de Goicoechea y Reyna fue otro de los propietarios de la residencia, siguiéndole en la posesión del inmueble, con el correr de los años, el doctor Luis Maximiliano Allende, profesor y consejero de la Facultad de Medicina, diputado y senador provincial y miembro del Congreso de la Nación. Formó su hogar con doña Flavia Zavalía de Del Campillo y ocuparon la casa hasta 1915 con sus hijos Juan Martín, Angélica, Laura, Guillermo, Luis Marcelo, Flavia, Inés, Luisa, María Mercedes, Susana, Dolores y José Antonio.

La Casa de los Allende.

Altamira nos dijo que don José de Allende y Losa fue quien mandó a edificar la casa solariega de la calle Alvear, antaño de “La Vicaria”. No ha consignado este autor ni la fecha, ni el nombre del arquitecto que la proyectó. Permanece también en el anónimo el nombre del constructor o del alarife que ejecutó las obras. Empero, la expresión enteramente análoga del estilo y de los detalles que acusan la portada de esta residencia y la del Monasterio de las Teresas, o sea, de las Carmelitas Descalzas de San José, en Córdoba, han hecho suponer atinadamente a Buschiazzo la intervención del mismo arquitecto desconocido en ambas portadas.
Guiado por los inventarios que se ordenaron el 5 de Febrero de 1783, pocos días después de la muerte de don José de Allende y Losa, Altamira ha dado a conocer las características y dimensiones del solar; el número de habitaciones de que se componía la mansión: los patios, corredores y dependencias al punto que, con lo que hoy se conserva de ella, es posible su reconstrucción ad integrum.
Se inventariaron, asimismo, otros bienes: muebles, cuadros, cortinados y alfombras. Completaban estos inventarios las ricas vestimentas de los dueños de casa, la platería y las alhajas. Servían a sus amos veintiún esclavos, entre hombres y mujeres, conviviendo todos en la finca. Este conjunto de bienes materiales, nos permite evocar un aspecto de nuestro pasado y reconstruir -con la ayuda de la imaginación- el ámbito social y económico de una familia pudiente de provincia en el último tercio del siglo décimoctavo.

La portada monumental

La fachada de La Casa de los Allende es completamente lisa. Toda su ornamentación se concentra especialmente en la portada que se abre en el eje central. A sus lados hay cuatro vanos adintelados con guarnecidos lisos y pequeños guardapolvos. Los del lado derecho del edificio estaban fenestrados con verjas de hierro; los del lado opuesto servirían, seguramente, de acceso a la tienda que se menciona en el inventario.
Toda la riqueza ornamental y los profundos efectos de sombras se concentran en la portada. Su gran penacho se destaca resueltamente por encima del ático a modo de retablo. Toda la composición es de gran efecto teatral. Revela ingeniosidad en el trazado y destreza en la ejecución.
Flanquean la entrada contrapilares dobles con medias columnas adosadas, cuyos originales capiteles se adornan con acantáceas autóctonas. Sobre ellos hay dos entablamientos superpuestos que subrayan la verticalidad del conjunto y se quiebran vigorosamente proyectando profundas sombras.
Contribuyen también a acentuar el movimiento ascendente las tres grandes dovelas almohadilladas del arco escarzano -ahora degenerante en línea recta- que, rompiendo vigorosamente los entablamentos, irrumpen en el frontón curvo y se proyectan, finalmente, en el gigantesco peinetón. Aquí las dovelas se resuelven en una moldura plana sobre la cual se recorta con perfiles vivos un ánfora que centra la composición.
Sobre el perfil superior y ondulante del penacho se destacan tres palmas de hojas alargadas y dispuestas en forma de abanico. Completan este remate -análogo al de las Teresas- dos obeliscos de los que sólo se conservan sus basamentos.

Original ornamentación barroca.

Esta portada de La Casa die los Allende y su hermana del Monasterio de las Teresas (fechada en 1770), revelan una indudable manera artística y una gran habilidad en su ejecución.
Ésta ha sido desarrollada con extraordinario vigor y elegancia y acusa una decoración de formas atrevidas, tan graciosas como típicas.
Corre a lo largo de la parte superior de la fachada una cornisa -muy volada y con dentículos- que proyecta profundas sombras. Por encima de ella hay un adorno de balaustradas, planas y recortadas con aristas vivas y superpuestas sobre el murete del ático. La misma cornisa y el ático con cresterías de placas recortadas se repiten en el patio principal.
Digamos de paso, que esta ornamentación barroca de placas recortadas con aristas vivas -también esbozada en la iglesia de las Teresas y en la catedral de Córdoba-, evoca el mismo estilo que, a partir de Herrera y Cano, alcanzó notable incremento en el arte compostelano con los Andrades, los Rodríguez y los Sarelas.
Otra nota peculiar de La Casa de los Allende la constituye la arquería de medio punto del patio principal, que descarga sobre pilares con medias columnas adosadas. Los arcos están perfilados con dobles antequinos. Esta peculiaridad ha sido señalada también por Buschiazzo en la arquería del costado este del claustro de las Teresas.
Si no se tratare de una mera influencia estilística, podríamos admitir la paternidad de ambas obras al mismo autor hasta hoy desconocido.

De Io intrascendente a Io trascendente.

Hace pocos días hemos visitado el monumento. La otrora casa solariega de los Allende ofrece un aspecto ruinoso y desolador. Además de muy destruida, hoy se halla ocupada por un conjunto heterogéneo de comercios e inquilinos que desdicen la tradición y el valor histórico del edificio, en el que se alojó Sarmiento y que frecuentaba familiarmente siendo estudiante, Nicolás Avellaneda. No podemos pasar por alto la buena acogida que nos dispensaron los ocupantes de la finca en nuestra calidad de simples visitantes. Cada uno de ellos nos proporcionó espontáneamente un conjunto de datos acerca del monumento y al alcance del común de las gentes.
El propietario de un comercio de instrumentos musicales que ocupa allí un local desde hace muchos años, nos facilitó algunos recortes periodísticos que guardaba cuidadosamente en “su” archivo. Pudimos así leer un suelto en el que un diario local destacaba los relevantes méritos de La Casa de los Allende y de las figuras ilustres de sus sucesivos dueños. Y en otro artículo aparecido poco después en el mismo diario, un descendiente actual de esos Allende agradecía los conceptos enaltecedores, pero se veía precisado a aclarar que las personalidades citadas en el artículo de marras pertenecían… a otra familia Allende. Tuvimos, además, otra nota periodística en nuestras manos. Se publicaba en ella una recentísima fotografía del monumento al que ya se daba por desaparecido…
Recogimos en esta visita un cúmulo de menudas experiencias. Experimentamos, en fin, una multitud de vivencias intranscendentes que nos llevaron como de la mano a meditar en otras más transcendentes. Llegamos así a la comprobación inmediata de que en esta hora que vivimos con ritmo tan vertiginoso y ahítos de apremiosos requerimientos vitales, las esferas más prominentes de la vida ciudadana parecerían prestar oídos sordos a la piqueta demoledora, cuyo eco se deja oír muchas veces en nombre de un mal entendido progreso. Y hallamos que, en contraste con ello, el hombre común, el de todos los días, parece sumergirse más hondamente en la realidad pasada manifestando un loable sentimiento de respeto y veneración por estas expresiones auténticas del arte patrio.

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"Nota aclaratoria del Historiador
Enrique Escudero: el escritor local al que alude Santiago A. Sosa Gallardo y que habla de la pésima relación que el general Paz tenia con las boleadoras, no es otro que Deodoro Roca. La otra observación a la nota el autor refiere a la condición de Munumento Historico Nacional nunca lo fue efectivamente, si bien estuvo incluída en el listado original de 1944. La familia llevó a los estados judiciales esa calificación y los jueces de la década de los '40, protegió el poder de disposición de los titulares dominiales. Es decir, nunca fue, pese a la leyenda, monumento historico nacional."
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"Será Demolida la Casa de los Allende"
Por Santiago A. Sosa Gallardo (Especial para “La Prensa”). Córdoba 1964 (Diario La prensa. 24 de Mayo de 1964)

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