La Cañada

Una vista hacia el oeste de la intersección de Blvd. San Juan y La Cañada. Año 1957. Nótese al fondo de la imagen a la Capilla Nuestra Señora de Nieva, perteneciente al colegio de niñas del mismo nombre, que estaba ubicada en la esquina suroeste de calles Ayacucho y San Juan, y que fue demolida para ensanchar esta última en 1958.
La linea municipal que se mantuvo fue la de la derecha. El señor que esta con piloto camina por el lugar donde estaba la Iglesia del Niño Dios.
Córdoba ciudad, República Argentina.

(Aporte de Gloria Cristina Milich Grimaut/Posted on May 12 2019)(Textos: Ricardo Luis Muela/Fer Desossir)
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La Cañada.

Córdoba se encuentra tan distante del Suquía como de un arroyito tributario que desde los primeros tiempos se llamó La Cañada.
Lejos estaban don Jerónimo y su puñado de valientes de imaginar las consecuencias de su elección. Por casi cuatro largos siglos mal se entendieron cordobeses y Cañada.
Así se tejió una historia donde se entrecruzan el empeño de los hombres y la burla de las aguas que de tanto en tanto desbordaban arrolladoras.
Historia que culminó hace menos de veinte años. (*)
Hoy la Cañada pasa inofensiva por el foso que los hombres le construyeron.
Al verla así, lejos están algunos de sospechar de quién se trato.

Presentando al personaje.
Su nacimiento estaba en el paraje llamado La lagunilla, cercano a la ciudad.
Actualmente nace un poco más arriba, pero siempre dentro de esas tierras que don Jerónimo Luis de Cabrera otorgara como merced a su hijo Gonzalo Martel de Cabrera.
Allí, vertientes de aguas salobres se vuelcan en un bajío para formar el cauce.
A causa de las lluvias, el hilo de agua se tornaba con frecuencia en alud incontenible que en pocas horas se salía de cauce, sembrando destrucción y no pocas veces la muerte.
En los infolios de aquellos tiempos están consignadas las crecientes de 1622, 1628 y la de 1639, que destruyó la primitiva iglesia de Santo Domingo. Las crónicas de la época señalan que el turbión destruyó altares y confesionarios. Los religiosos de la Orden Dominica a quienes pertenece el templo, se salvaron refugiándose en el coro.
La de 1667, costó muchas vidas y los daños causados ascendieron a 500.000 pesos. Suma astronómica para la época, como señala el R. Padre Grenón S.J.
Por último la de 1671, que inspirara al primer poeta cordobés y argentino, Fray Luis de Tejeda y Guzmán. Bajo el título de 'Soledades' encontramos esas impresiones en sus 'Coronas líricas'.
La superstición atribuía estas crecidas a la Reina de las Aguas, que moraba en el paraje La Lagunilla.
Y mucho se hablaba de ella ese año de 1671. Tanto que el gobernante de estas tierras, don Angel de Peredo, decidió meter en cintura a ese arrogante infame, que no sólo asolaba la existencia de sus gobernados, sino que traía supercherías que quitaban brillo a la religión. Por su orden y bajo la dirección del padre jesuíta Benito Caballero, se comenzó la construcción de un murallón de piedra bola quebrada y asentada en cal, que desde entonces se llamó calicanto.
Ese cinturón formidable parapetaba la margen derecha del cauce, desde más arriba del actual boulevard San Juan hasta la que hoy es calle Caseros.

Córdoba edilicia y la Cañada.
Al ir creciendo, Córdoba se acercó recelosamente a la Cañada. Desde el Mogote Colorado -promontorio que se levantaba en la intersección de las calles Belgrano y Duarte Quirós- al sur, toda construcción se detenía junto al Calicanto.
Y desde ese mogote al norte, los edificios daban la espalda o el costado al arroyo. El que con pausas, a veces de muchos años, volvía a las trágicas andadas, para retomar pronta su caudal tranquilo.
En la margen de enfrente levantaron sus ranchos las familias modestas.
Así nació Costa Cañada.
Con el correr del tiempo lo crónica señalo dos barios más: el Abrojal y Pueblo Nuevo. Una de los tantas pillerías de la Cañada, fue aguar, allá por 1890, la inauguración del flamante teatro Rivera Indarte.

El patíbulo cordobés.
Contra el muro del Calicanto, se ejecutaba a los reos sentenciados a muerte.
La última pena capital aplicada fue en 1872 a un señor L.R.
Según los crónicas de esa época, el reo, rodeado por el pelotón, marchó al lugar envuelto en una mortaja blanca con una gran cruz roja en el pecho. Una capucha le ocultaba la cabeza.
La comitiva hizo alto en un lugar no lejos del trozo de murallón que se conserva actualmente. Allí, una descargo y el clásico tiro de gracia dieron por terminada la escena. Pero el alguacil de justicia, que tuvo que presenciar la ejecución, casi perdió la razón y murió con ese acto de fiera justicia martillándole la mente.
Desde entonces la Cañada y su Calicanto dejarían de ser escenarios de tristes hechos.

El hombre de la Cañada.
En la margen del poniente, como rezan los viejos infolios, en los primeros tiempos vivían indios Sanavirones y Quisquitipas sometidos. Aventado de las puertas de la ciudad el peligro de los malones, los españoles levantaron ranchos en el lugar. En su ensayo, Grimaut señala muy bien cómo con el correr del tiempo la tradición popular se encastilló en la ''orilla del poniente''.
Quizá influyó mucho en la idiosincrasia del 'hombre de la Cañada' el mismo cauce que, como un cordón de aislamiento lo separaba de su conciudadano 'del centro', como él lo llamaba.
Vestían marcadamente a la antigua y alimentaban una especie de antagonismo contra el centro. Sentimiento que sólo se borró en este siglo, cuando -de 1900 a 1920- hombres y mujeres se fueron acercando al centro para trabajar.
No por ello desapareció la vivacidad del espíritu que los caracterizó desde antiguo. Y no cabe duda que bajo la enramada de sus ranchos nació la fama que tienen los cordobeses: de poner apodos.
Otro detalle que los muestra de cuerpo entero es la imprenta que funcionaba en el barrio. El periódico que editaban, ''La Chispa'', era mordaz e insolente, tanto que hoy se recuerdan todavía algunos de sus artículos.

La pelada.
La superstición no pudo estar ausente en un barrio como éste. El fantasma clásico es el que se denominó ''La pelada de la Cañada''. Hizo su aparición más o menos en 1905.
La tradición la describe como una mujer de regular estatura, delgada y vestida de negro. Se aparecía en las madrugadas y al enfrentar a un trasnochador se descubría la cabeza sin decir palabra. Un cráneo rasurado o calvo espantaba aún más al pobre desgraciado que la topaba.
También se cuenta que solía llorar junto al Calicanto, consternando a los sencillos habitantes del Abrojal.
Una zamba que habla de ella la señala como el alma de una enamorada. Alma que volvía para llorar entre nosotros sus desdichas de amor.
Ultimo gran exponente del hombre de la Cañada fue el ''Cabeza Colorada'' (1), guitarrero y bromista, famoso por sus ocurrencias.
Actualmente en el barrio ''La Bomba'' -rincón en el que algo queda de todo aquello- vive el ''Negro é la Juana'', verdadero heredero de los glorias del Cabeza Colorada. Para señalar su popularidad alguien dijo de él que es el 'intendente espiritual' del barrio. Como antaño lo fuera su antecesor, hoy 'prócer'.

El último desastre.
Caprichosa por naturaleza, la Cañada fue original hasta cerrar el capítulo de sus trágicas francachelas, que duraron más de 350 años. En 1931 vino una fuerte crecida y arrasó con los ranchos de lo que fuera Costa Cañada. Llevados por las aguas éstos se atascaron en el ojo de un puente y formaron un dique que le permitió su último desborde.
Las aguas bajaron por la calle Belgrano, haciendo estragos.

La canalización.
En 1945, el ministro de Obras Públicas de la provincia decide dar solución definitiva al problema de las inundaciones. Al poco tiempo se iniciaron los trabajos de canalización bajo la dirección del ingeniero Víctor Metzadour. La obra tiene una longitud de casi 3 km, un cauce fijo de 15 metros de ancho y comprende el tramo final, que atraviesa la ciudad.
Ante el proyecto de la nueva construcción que señalaba la necesidad de una total destrucción del Calicanto, protestó un grupo de historiadores, encabezado por el R. Padre Grenón S.J. y Vicente Sánchez. Es un opúsculo editado al respecto, señalaron el valor de ese noble murallón y la necesidad de conservarlo, total o parcialmente, camo monumento histórico.
Algo consiguieron. En la cuña que forman la Cañada y calle Belgrano, entre boulevard San Juan y Montevideo, fue dejado en pie un trozo para que Córdoba no olvide lo que fue tan suyo.
Y también -por qué no- para que los hombres de hoy recuerden los días de su niñez. Cuando iban ''en barra'' y casi a esa misma altura se metían por una alcantarilla e iban por debajo de la ciudad hasta donde se encuentra el Mercado Sud, tirando cohetes, fumando a sus anchas, o simplemente viendo. Esto, las veces que no se dedicaban a pescar 'chanchonas' -parecidas a las mojarritas- con una bolsa.
Y no solo peces tuvo la Cañada.
Estando ya la construcción actual, una madrugada un puma apareció inexplicablemente en el canal, en pleno centro.
A pesar de algunos proyectos de reformas a la Cañada, la construcción sigue tal como se hiciera, en piedra sillar que en vano trata de imitar el armónico desorden de las de aquel viejo Calicanto. Del que nos queda un pedazo a manera de monumento histórico.

(*) La Cañada, la extraña historia de un arroyito que hoy parece inofensivo.
Gacetika Nº 69, Marzo-Abril de 1964, Año VII

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