Tucumán de Antaño

La Casa de la Independencia en 1868, antes de su casi total demolición. Fotógrafo Ángel Paganelli.
Tucumán, República Argentina.
La Casa de Tucumán o Casa Histórica de la Independencia es una casa colonial localizada en el centro de la ciudad argentina de San Miguel de Tucumán, donde un cuerpo de delegados de la mayoría de las Provincias Unidas del Río de la Plata, conocido como el Congreso de Tucumán, proclamó la declaración de independencia de la Argentina, el 9 de julio de 1816. Fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1941.
La casa original fue construida durante la década de 1760 por el comerciante Diego Bazán y Figueroa, para ser otorgada como dote al matrimonio de su hija Francisca Bazán con el español peninsular Miguel Laguna. Este matrimonio tuvo extensa descendencia, y durante algún tiempo vivieron en la casa más de quince personas.
Era una edificación de estilo señorial, con una entrada de tipo zaguán, flanqueada por dos habitaciones, que dan a un primer patio, rodeado de habitaciones por sus cuatro costados.
Fuera de las decoraciones aplicadas a paredes y aberturas, el edificio carecía de todo ornamento, con la única excepción de las molduras ubicadas a ambos lados de la puerta principal, representando columnas salomónicas.
En 1869, con el objetivo de llamar la atención de las autoridades en la conservación del edificio, aprovecharon la presencia en Tucumán del fotógrafo Ángel Paganelli, para tomar algunas fotografías del mismo. Entre ellas, tuvo especial importancia una única fotografía del frente del edificio, que se muestra en estado bastante ruinoso, pero conservando en buen estado los detalles arquitectónicos. En la foto aparecen el conductor del carro que llevaba la máquina de fotos de Paganelli y su hijo, sentados frente a la casa.

Dpto. Documentos Fotográficos. Álbum Aficionados. Inventario 45859. Buenos Aires. Argentina. (AGN│Archivo General de la Nación)(WF INC.│Wikimedia Foundation, Inc.)

Tucumán de Antaño
Tucumán: jardín dilecto de poetas y soñadores.

Hay regiones en la República Argentina que, por un regalo de la Divina Providencia, se destacan del conjunto para encerrar en su extensión un variado calidoscopio que armoniza con las bellezas del panorama y la sugestiva influencia de su clima. Cuando se habla de la provincia de Tucumán vienen a la memoria las múltiples alabanzas de poetas y escritores.
Se piensa en Silvano Bores cantando a la vera del Aconquija y en la cuádriga sonora de sus versos y relatos. Se piensa también en aquel otro cantor de las noches estrelladas —Virgilio Núñez Abregú—, que veía la flor de los naranjales en el azul infinito y las constelaciones luminosas en los vergeles desparramados en la tierra pródiga. “Flor de las novias angelicales — flor de suave fragancia — que nos dan tus naranjales — flor de bodas virginales — que envidiaría la Francia — de los bardos magistrales. — Flor que insinúa las pomas — del jardín de las Hespérides — Flor carnosa cual los labios — de las bellas tucumanas — fragante como sus besos — pletóricos de esperanzas”. Pero no es sólo el poeta el que se detiene ante los azahares que ponen en el ambiente perfumes que hacen pensar en legendarios vergeles virgilianos.

Ya Avellaneda se había encargado de desparramar por el mundo las magnificencias de su suelo provinciano con una delectación pocas veces igualada por el amor a la tierra. Sus evocaciones tienen la justeza de un talento no superado y sus calificaciones el sello inconfundible de una verdad absoluta.
Porque la provincia de Tucumán ha nacido para ser cantada y elogiada, para ser admirada basta por la indiferencia hecha granito en el espíritu del caminante, que pasa entre jardines y huertas sin que su sensibilidad se conmueva ante la belleza del cuadro que tiene delante de su retina.
Donde quiera que se vaya, ya escalando montañas, ya perdiéndose en los valles verdeantes o en los bosques vetustos, Tucumán es bello calidoscopio que renueva sensaciones y consolida en el espíritu la visión radiante del paisaje. La provincia de Tucumán, con sus 22.500 kilómetros cuadrados, es un fecundo emporio industrial.
El obispo Eusebio Colombres ha tenido la gloria de instalar el primer trapiche. La industria azucarera tuvo en él a su primer iniciador bajo los auspicios del progreso, hasta que los modernos perfeccionamientos le han infundido caracteres fundamentales de purificación. Pero dejemos ese aspecto de la privilegiada provincia y hablemos de sus bellezas, de su significación en la historia patria y de lo que representan para el turismo.
Situada a una altura de cerca de 500 metros sobre el nivel y distante unos 1100 kilómetros de la Capital Federal, tuvo dos fundaciones: la primera el 29 de Setiembre de 1553 por Juan Núñez del Prado y la segunda en 1585 por Fernando de Mendoza y Matte de Luna.
La fertilidad de la tierra permitió la intensificación de los labrantíos y desde aquel entonces periódicas transformaciones le fueron otorgando los prestigios de que hoy goza de ser una de las provincias más ricas de la Nación y una de las más acogedoras para el visitante, que la encuentra modernizada y progresista en todos sus aspectos. Es evidente que han influido en esas transformaciones los distintos medios de comunicación que la unen con toda la república.
El ferrocarril le dio impulso extraordinario y la extensa red de caminos facilitó su conocimiento hasta el punto de hacerla indispensable para la vida grata en determinadas épocas del año. A Tucumán afluyen turistas de todas las latitudes que van en busca de su clima y de sus indescriptibles bellezas naturales.
La ciudad capital, por su urbanización, nada tiene que envidiarle a otras ciudades de las provincias. Modernos edificios, calles bien pavimentadas, parques, jardines, hoteles confortables, servicios públicos excelentes, bancos, correo, telégrafo, bibliotecas, clubes, campos de deportes, teatros, cinematógrafos, instituciones culturales, centros de recreación, hacen de la ciudad de Tucumán un lugar excepcionalmente cómodo para las prácticas del turismo.
Pero no es únicamente eso lo que brinda al viajero la aludida ciudad. Sus monumentos históricos, sus montañas circundantes, su vegetación sin igual, sus villas, sus casonas evocadoras del pasado, complementan el cúmulo de perspectivas que influyen sobre el ánimo del viajero para retenerlo en un marco singularmente agradable. La provincia de Tucumán tiene para la historia patria inolvidables recordaciones.
Fue primero la batalla que se libró en el Campo de las Carreras el 24 de Setiembre de 1812, entre las tropas al mando del general Manuel Belgrano y las realistas que estaban a las órdenes del general Tristán. Vino después el acto solemne de la proclamación de la independencia nacional el 9 de Julio de 1816, en la casa histórica, pequeña por su apariencia pero grande por su significación, hacia la cual se dirigen los buenos patriotas para recordar a los varones que sellaron en memorable asamblea la libertad de un pueblo generoso y grande. Templo en el cual palpitan eternamente las virtudes de la civilidad argentina, está allí para marcar derroteros espirituales a las generaciones de hoy, de mañana y de siempre.

La ciudad de Tucumán encierra en sus límites múltiples testimonios de nuestro pasado histórico. Si bien es cierto que el Campo de las Carreras ha sido incorporado al progreso de la provincia, no por ello deja de atraer al viandante que imagina la lucha heroica, contempla todavía las viejas casas que sirvieron de hospitales de sangre y no olvida las manos piadosas de las mujeres tucumanas en su humanitario empeño de restañar heridas o de colocar una cruz sobre la tumba de los bravos varones que sucumbieron en la refriega titánica. También se encuentra allí desafiando al tiempo la casa solariega que perteneció al obispo Colombres, cuyo afán de industrializar a la provincia le dio desvelos y preocupaciones, porque no hay nada que cueste más para poner en marcha un propósito de bien general que echar mano de implementos rudimentarios para llegar a la coronación de esfuerzos magníficos. Sarmiento, al referirse a esa provincia dejó sus impresiones en páginas perennes. “Es Tucumán — dice — un país tropical en donde la naturaleza ha hecho ostentación de sus más pomposas galas; es el Edén de América, sin rival en toda la redondez de la tierra.” Y luego añade: “El nogal entreteje su anchuroso ramaje con la caoba y el ébano; el cedro deja crecer a su lado el clásico laurel, que a su vez resguarda el mirto consagrado a Venus, dejando todavía espacio para que alcen sus varas el nardo balsámico y la azucena de los campos”.
Y el gran sanjuanino tenía razón al preguntar: “Creéis, por ventura, que esta descripción es plagiada de las “Mil y una noches” u otros cuentos de hadas a la oriental? Daos prisa más bien a imaginaros lo que no digo de la voluptuosidad y belleza de las mujeres que nacen bajo un cielo de fuego, y que, desfallecidas, van a la siesta a reclinarse muellemente bajo las sombras de los mirtos y laureles, a dormirse embriagadas por las esencias que ahogan al que no está habituado a aquella atmósfera.” Tierras de privilegio son las de Tucumán. Si nos adentramos en sus entrañas, encontraremos minerales valiosos; si observamos lo que puede la naturaleza, admiraremos su riqueza forestal, y si nos detenemos a contemplar la labor de los hombres, veremos cómo se cultivan los huertos y cómo produce el tabaco, el arroz, las hortalizas, los citrus y el maní. Allí todo se brinda con exuberancia, marginando las extensiones los cañaverales; los obrajes arrancan de los bosques milenarios la madera que luego se convierte en regios muebles en los que el ebanista pone su arte maravilloso, porque el bosque lo da todo, desde la cuna que mece la madre cariñosa hasta el ataúd que nos despide de la vida.

En materia de cultura, la provincia de Tucumán ocupa un lugar destacado en la comunidad argentina. Si su aporte industrial es opimo, no lo es menos su rango cultural. Lo denuncia la Universidad Nacional de Tucumán y sus establecimientos afines, donde una juventud bien inspirada se apresta para servir mejor a la patria.
Lo testimonian también sus establecimientos educacionales primarios y secundarios. No es exagerado afirmar que los hijos de esa provincia poseen una cultura que los hace gratos a los turistas, que se ven forzados a reconocer que hay gentileza nativa y acogimiento sin disfraces. En cuanto a sus bellezas naturales, diremos que los viajeros tienen en el predio tucumano un conjunto de panoramas soberbios, de los cuales pueden disfrutar cómodamente merced a sus rápidos medios de traslación, ya por ferrocarril, ya por líneas de autobuses.
Montañas que se extienden desde el Aconquija entroncan con las sierras de San Javier y se diluyen armoniosamente por las serranías que forman un marco sorprendente a la ciudad capital hasta perderse entre el boscaje, que perfuma el ambiente, y los hilos de plata que fertilizan el suelo.

(GPT│Guía Peuser de Turismo Año VIII - Nº 8 - 1949)

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