Buenos Aires de Antaño

Buenos Aires

Podemos afirmar que a mediados del siglo XX Buenos Aires fue la urbe de América Latina. No ha nacido del orgullo de los argentinos, porque el elogio radica en francas expresiones de quienes la visitan, ya con fines de negocios, de paseo o por simple curiosidad, esa inquietud natural de los hombres que los lleva a recorrer tierras, mares y montañas.
Se ha dicho con justo criterio que los viajes enseñan tanto o más que los libros. Viajar es renovar la vida y poner ante la retina del observador y del estudioso nuevas impresiones que suelen convenirse en bienes culturales, aun para los remisos, o para aquellos que viven amarrados al terruño porque suponen que más allá de sus límites no hay nada mejor ni más atrayente.
La Capital de la República Argentina es una ciudad que ha ultrapasado con exceso las previsiones de quienes la fundaron. Ni Pedro de Mendoza, ni Juan de Garay, pudieron presentir lo que llegaría a ser Buenos Aires con el transcurso de los años. La Gran Aldea, con sus estrechas callejuelas, debió buscar en nuevos espacios la incesante palpitación de su grandeza de hoy. Irradió en los cuatro puntos cardinales la expansión de su perímetro para dar mayor desahogo a su potencialidad progresista, haciéndose indispensable la construcción de grandes avenidas, reclamadas para dar paso a las extraordinarias corrientes de su actividad cotidiana. La avenida de Mayo, la Leandro N. Alem y su Paseo Colón, la Azopardo y la Madero, la Nueve de Julio; las diagonales Roque Sáenz Peña y Julio A. Roca, y el ensanche de las calles Corrientes, Córdoba, Belgrano y otras que, con su ampliación, están en vías de lograr análoga categoría, han dado a esta gran metrópoli una moderna fisonomía que marcha aparejada con su vertiginosa transformación. Numerosos rascacielos se elevan de trecho en trecho como si quisieran desafiar al espacio con el atrevimiento de sus torres y cúpulas. Palacios suntuosos ponen en la ciudad sus modernas líneas arquitectónicas que se hermanan con sus paseos públicos, sus parques y monumentos.
Entre estos últimos, junto a la evocación de nuestros próceres, están las concepciones de los más grandes escultores y estatuarios nacionales y extranjeros. Fuentes de mármol, grupos demostrativos del ingenio creador, plasmados en bronce, granito o en bloques de Pasos o Carrara, ponen la magnificencia de sus curvas a lo largo de los espacios abiertos de la ciudad que accionan como pulmones renovadores de oxígeno para los más de tres millones de almas que la habitan. Un bien estudiado plan de urbanización ha presidido la transformación de su ejido y de sus numerosos paseos públicos.
Parques como Palermo, Chacabuco, Centenario, Lezama, Retiro, Saavedra, Rivadavia, de los Patricios, los Andes, debieron experimentar graduales remozamientos para ser colocados a tono con el progreso de la ciudad, a fin de que ellos se brinden acogedores a los turistas que nos visiten y a la población que busca en ellos la recuperación de perdidas energías. Dondequiera que el visitante dirija sus pasos hallará motivos de justa admiración. Templos antiguos y modernos; mausoleos en los que se guardan, en la Catedral y en el atrio de Santo Domingo, respectivamente, los restos del Gran Capitán don José de San Martín y de don Manuel Belgrano, el creador de nuestra bandera; museos en los que se brindan auténticas expresiones de la historia patria, las ciencias y las artes; universidades en las que nutridos alumnados adquieren fundamentales conocimientos para ser más útiles a la nacionalidad; teatros y coliseos por los cuales pasan los más calificados cultores del canto y la música; modernos nosocomios; artísticas necrópolis, academias, conservatorios, establecimientos de enseñanza especial, secundaria, normal y primaria, reforzados actualmente con institutos de enseñanza técnica industrial, forman un conjunto homogéneo en el que se advierte sin dubitaciones que la ciudad de Buenos Aires nada tiene que envidiarle a las más adelantadas del mundo.
No se incurre en demasías cuando se afirma que la capital argentina es el lugar donde palpitan extraordinarias actividades mercantiles y espirituales cuya irradiación trasciende las fronteras de la Nación. Centro cultural y dinámico donde alternan de consuno los negocios y todas las expresiones del espíritu, es punto permanente de atracción para los hombres de todos los confines. Y es debido a esto que su fama de grande y culta metrópoli de hispanoamérica ha llegado a todas las latitudes, porque nadie le discute su situación de monitora de las repúblicas de habla castellana.
Puede asegurarse que se la conoce en la plenitud de sus expansiones intelectuales, mercantiles, financieras y sociales. Grandes escritores y periodistas, en libros de resonancia, en crónicas rápidas, pero sesudas, destacaron sus bellezas naturales. Otros concretaron la esencia de la espiritualidad nacional descubierta en sus centros científicos, ateneos, institutos culturales y museos, captada en el diapasón de su ir y venir, en la subjetividad que busca el motivo de una expresión para imponerla con elegancia en la correlación armónica de un relato.

(GPT│Guía Peuser de Turismo Año VIII - Nº 8 - 1949)

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